Durante los meses más silenciosos de la pandemia, cuando Chichén Itzá permaneció cerrada y los visitantes desaparecieron, dos perros se convirtieron en compañía inseparable de los trabajadores que seguían recorriendo las antiguas ruinas mayas: “El Wero” y “Tomasita”.
Ambos animales eran ya parte de la vida cotidiana en la zona arqueológica. “El Wero”, que llegó en 2019 en malas condiciones de salud, poco a poco ganó el cariño de custodios y empleados hasta convertirse en el líder de una pequeña manada que deambulaba entre los templos y senderos del sitio histórico.
Quienes trabajan en Chichén Itzá recuerdan especialmente el día en que el perro subió solo hasta la cima del templo de Kukulkán. Desde ahí permaneció quieto, observando el horizonte, en una escena que muchos describieron como la de un auténtico guardián del lugar.
“Tomasita”, en cambio, era más tranquila y sociable. Solía descansar cerca de las placas informativas y convivía con turistas y trabajadores como si siempre hubiera pertenecido a la antigua ciudad maya.
Hace unos días, ambos perros fueron dormidos debido a complicaciones de salud. La noticia fue compartida por el custodio José Antonio a través de redes sociales, donde miles de personas reaccionaron con mensajes de despedida y recuerdos de las veces que vieron a los animales caminar entre las históricas estructuras de piedra.
La partida de “El Wero” y “Tomasita” dejó un vacío entre quienes convivieron con ellos durante años, especialmente en aquellos tiempos en que Chichén Itzá lucía vacía y ellos eran parte de la vida que aún permanecía entre las ruinas.
