Cuenta la leyenda que Xóchitl y Huitzilin eran dos jóvenes que se conocieron desde niños y que, con el paso del tiempo, se enamoraron. Ambos acostumbraban subir a una montaña para pedir la bendición de Tonatiuh, el dios del Sol, y recibir su protección para que su amor perdurara.
Sin embargo, su historia dio un giro cuando Huitzilin tuvo que partir a la guerra para defender a su pueblo. Tiempo después, Xóchitl recibió la noticia de que su amado había muerto en combate y, sumida en la tristeza, pidió al dios del Sol que le permitiera reunirse con él.
Conmovido por su dolor, Tonatiuh lanzó un rayo dorado que transformó a Xóchitl en una hermosa flor de color amarillo intenso. En ese momento, un colibrí descendió y se posó sobre sus pétalos: según la leyenda, era Huitzilin, quien había regresado para reencontrarse con su amada.
La flor abrió sus pétalos y así nació el cempasúchil. El relato concluye que, mientras existan estas flores y los colibríes, el amor de Xóchitl y Huitzilin seguirá vivo.
¿Por qué se utiliza el cempasúchil en la Noche de Muertos?
Más allá de esta historia, el cempasúchil tiene un profundo significado cultural. Desde la época prehispánica, su color se relacionó con el Sol y su aroma con la guía de las almas hacia el mundo de los vivos.
Por ello, durante el Día de Muertos, sus pétalos se colocan en altares, tumbas y caminos que conducen a las ofrendas, como parte de la tradición de recibir y honrar a los seres queridos que han fallecido.
En Michoacán, donde las celebraciones de la Noche de Muertos forman parte de la identidad cultural de numerosas comunidades, esta flor vuelve a ocupar un lugar especial en los preparativos, las ofrendas y los espacios dedicados a recordar a quienes ya no están.
Aunque existen distintas versiones de la leyenda, todas mantienen un vínculo entre el cempasúchil, el amor y la creencia de que, durante estas fechas, las almas regresan simbólicamente a encontrarse con sus familias.













